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El cine es la cosa más importante de las menos importantes

La importancia del cine: ¿Es simplemente una afición más?

El consumo masivo de películas, series, cine y televisión nos ha hecho perder de vista lo más importante de la vida, que es vivir.

Hoy no sabía sobre lo que escribir y me he puesto a pensar. He observado el mundo que me rodeaba y me parecía hueco y aburrido. De allí he pasado a mi mano. Tengo dos puntos cerca del dedo gordo de la siniestra. El otro día estaba de vacaciones y me explotó una mampara de ducha en la cara. Tuve suerte. Apenas llevo unos cortes y una herida más o menos grave.

El médico que me atendió en Biescas —una mujer cerca de los cuarenta, con un pelo largo y rubio y ligeras arrugas en los ojos— me dijo que podía haber sido mucho peor. Un poco más cerca y habría tocado el tendón. La lesión habría sido de por vida. «Ya no quiero decirte si te hubiera saltado a la cara», añadió. Yo solo pensaba en seguir de vacaciones. Así somos las personas.

Es paradójico que, la misma semana que se me clavó un fragmento de cristal templado en la mano, haya descubierto que la franquicia de Destino Final. ¿La conocéis? Es una saga de terror que va sobre individuos que esquivan la muerte y, tras esquivarla, son perseguidos por ésta para equilibrar la balanza, reclamados por ella como un ritual del mismísimo diablo.

La primera es mala, pero la segunda, peor. Las otras tres no las he visto. Pienso hacerlo, por supuesto. Están en HBO Max y entran solas. Es como ver 1000 maneras de morir, pero con una narrativa de fondo y un hilo conductor. Los personajes son lo de menos. Algunos no sé ni cómo se llaman. Pero, en serio, os la recomiendo. Pasas el rato y te dejas llevas. Ya quisiera más de un producto moderno.

El cine es la cosa más importante de las menos importantes
¿Tú has visto Destino final?

Hace dos meses murió mi perro. Era un carlino llamado William Shakespeare. Él no pudo esquivar a la muerte. Pilló un tumor cerebral y, en apenas un año, no pudimos darnos cuenta de que se esfumaba. El 11 de marzo le dio un ataque mientras hacía un streaming; nueve días después, recogía su cadáver del comedor y bajaba a la calle con él —tapado en una manta—, sin tiempo para despedirme.

Sigo echándolo tanto de menos como en el instante que vi cómo se apagaba el brillo de su mirada y su corazón dejaba de latir. Lo vi con mis propios ojos. Mi novia —mi futura mujer— tenía su patita cogida. Willy le había dado la mano. En el segundo previo a su adiós, la miró y sonrió. Os prometo que lo hizo, nadie podrá convencerme de lo contrario porque, en el fondo, todos conocemos nuestra propia verdad.

De los estadios de fútbol a las salas de cine

¿Por qué os cuento todo esto? Porque, como he dicho, hoy no sabía qué escribir. Ah, y porque quería recordaros a todos que el cine se ha convertido en el fútbol: ahora es la cosa más importante de las cosas menos importantes. A algunos les va la vida en ello cuando llega un estreno remarcable, pero no se dan cuenta de que eso no es la vida. Es ocio y entretenimiento. Nada más.

Las películas, el cine, las series, la televisión… Han pasado a ser una especie de competición. Leo en redes sociales a compañeros, amigos, seguidores, consumidores, lectores, espectadores. La mayoría de ellos vendería a su madre por imponer su opinión sobre la de los demás. Es un ejercicio prácticamente militar. La guerra de los 140 caracteres.

Hace unas semanas pregunté en esta misma web si era tan importante la opinión de los demás. Ahora me pregunto: ¿tan relevante es nuestra propia opinión? Tengo la sensación de que hay gente que consume series y películas actualmente más allá del FOMO y la ola de los memes. Hay gente que consume ocio y entretenimiento en 2022 pensando únicamente en generar una opinión, no en divertirse.

Ayer por la noche no podía dormir. Creo que voy a entrar en una depresión pronto. Siempre me pasa. Son solo unos días, tranquilos. No hay por qué preocuparse. Mi cuerpo es un ciclo, con el tiempo he acabado entendiéndolo. Sea como sea, ayer no podía dormir y entré en Twitter. Leí un dato escalofriante, casi premonitorio. Creo que me afecta ver Destino Final.

El dato decía que el 86 % de los libros que se publican en el mercado editorial vende menos de 50 ejemplares al año. Para alguien que lleva soñando con ser escritor durante toda su vida y está muy cerca de verlo cumplido… Este dato es casi tan certero como la muerte. De cada diez libros, menos de dos funcionan. No bien, solo funcionan.

Hace unos meses, antes de la muerte de mi perro, me habría hundido al leer esta estadística. Mi cerebro habría comenzado a formar un pensamiento negativo en torno al clásico «no merece la pena», que habría pasado a un «para qué esforzarse» y habría terminado culpando al planeta, las nubes, las personas o incluso a Dios. A todo el mundo, menos a mí mismo, culpable de tener miedo a un número.

Sin embargo, ahora, después de haber recogido el cadáver de uno de los seres vivos que más he amado en toda mi vida, después de haber visto como su existencia se apagaba, cómo en apenas unos segundos estaba y dejaba de estar, sé que lo único que importa de todo esto es el camino, con quién lo recorres y cómo decides disfrutarlo. El resto son mentiras que nos contamos para hacerlo más llevadero.

Esto mismo debería suceder con el cine, las películas, las series. Lo importante no es qué vas a opinar sobre un producto o qué van a opinar los otros; no es el debate en las redes sociales, la discusión en un vídeo de YouTube o los puntos de vista de un canal de Twitch. Lo único que importa es el momento que vives con ese producto.

El momento de sacar las entradas por internet, el camino hacia el cine, parar a tomar un café, ver el póster, comprobar la duración de la película, ir al baño antes de entrar, pillarte unas palomitas y un Nestea bien fresquito, disfrutar de los tráileres y sentir la emoción cuando las luces se apagaban y comienza la aventura. No pensar en nada más que la historia.

Esa es la magia de estar vivos. Y creo que la estamos perdiendo. Supongo que, a pesar de soñar con ser escritor, estoy muy lejos de serlo. He invertido mil palabras para explicar algo que Brandon Sanderson explicó en una sola frase. «Viaje antes que destino». Sí, eso. No lo olvides, viaje antes que destino.

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